Cuando hemos de tomar una decisión entre dos opciones, en la que una destaca por encima de la otra, no suele ser muy complicado, más áun cuando una de las dos comporta más ventajas, o una mayor “recompensa” que la otra. El dilema suele plantearse cuando hemos de elegir entre dos opciones similares.

A priori, si se trata de dos opciones buenas, no deberíamos de tener ningún problema para elegir ya que ambas serán atractivas y comportarán una mejoría de nuestra situación afectiva, económica, anímica, etc…pero justamente ahí es donde reside el problema, al elegir una opción desechamos la otra, valoramos pros y contras, pero no lo tenemos claro. Si se trata de elegir entre dos opciones malas, suele pasar lo mismo, aunque el enfoque que aplicaremos será el contrario, intentaremos buscar la menos lesiva para nuestros intereses.

Por mi experiencia, siguiendo estos 5 pasos, podemos aprender a priorizar (que en el fondo es de lo que se trata) y tomar la decisión correcta:

1. Ordenemos la información: Es básico tener claro qué es lo que sabemos de cada una de ellas y para poder repasar, contrastar y evaluar, lo mejor es que nos hagamos una lista de la información con la que contamos. Hay quien prefiere hacerlo en una servilleta de bar, otros en una hoja con dos columnas, otros en varias hojas, en un documento informático, en notas adhesivas…da igual el formato, lo importante es que repasando decidamos si la información es suficiente o hay que recabar más. Si hay que indagar algo más, no seas tímido en tus peticiones de información, es mejor arrepentirse de una decisión errónea consciente, que de una mal tomada por desconocimiento.

2. Evaluemos la importancia real en nuestra vida: A veces hacemos montañas de granos de arena y decisones que creemos vitales no lo son, ni de lejos. Elegir entre dos coches, dos teléfonos móviles o dos restaurantes, no nos ha de quitar el sueño, de verdad, no perdamos la cabeza. Al final el coche que elijamos nos va a llevar en un tiempo aceptable a nuestro destino, el télefono móvil (sea el que sea) nos va a permitir comunicarnos y la comida del restaurante estará más o menos buena, más o menos salada, o más o menos elaborada, pero nos va a alimentar igual. Aprendamos a relativizar.

3. Démosle una oportunidad a nuestra intuición: Normalmente no hacemos caso de nuestras corazonadas, a menudo nos arrepentimos de no haberles prestado atención y habitualmente confiamos únicamente en nuestra razón. Os diría que lo correcto es hacer caso a nuestra razón en el 1000% de los casos, pero también es cierto que hay personas que haciendo caso a sus corazonadas (que muchas veces coinciden con su razón) aciertan, si sois de ellos, que la intuición sea un factor de decisión más, si no, mejor dejadla de lado…

4. Evaluemos nuestro miedo al cambio: Si somos sinceros con nosotros mismos, el miedo al cambio es una de las razones más poderosas que nos llevan a tomar decisiones en un sentido o en otro. Es lógico dudar cuando la decisión a tomar, aunque positiva, implique, por ejemplo, un cambio de residencia, un incremento en el tiempo dedicado al trabajo o una disminución del tiempo dedicado a la familia, pero hemos de aprender a separar la duda de la excusa, que a veces se presenta disfrazada con mil argumentos, que enmascaran lo que es, miedo a lo nuevo.

5. Preguntémonos ¿de las dos opciones cúal es la más próxima a nuestra ética?: Si la decisión que tomamos está basada en valores monetarios o de resistencia al cambio, pero es opuesta a nuestra manera de ver el mundo, más pronto o más tarde nos va a pasar factura. Esto es así, no nos engañemos. La factura vendrá en forma de stress desmedido, de alteraciones del sueño, de taquicardias, de…lo que sea, pero vendrá. Nuestra ética no ha de ser el único valor a la hora de tomar una decisión, pero ha de estar presente de manera destacada, ya que, erróneamente, muchas veces pensamos que podemos intentar engañar a los demás, pero nunca podemos engañarnos a nosotros mismos.

Mi experiencia me dice que siguiendo estos pasos, podremos equivocarnos igualmente, pero será porque nos oculten información o partamos de un supuesto equivocado, no porque no hayamos puesto de nuestra parte a la hora de decidirnos.

Alicia.